Un espacio para pensar en viajes
Opiniones
Viajando con un bebé
Mar 7th
Estoy repitiendo destino luego de 10 años. ¡Cómo ha cambiado todo en este tiempo! A veces uno se conforma con haber ido a un lugar, pero luego vuelve a los 10 años y es totalmente distinto a lo que uno se acuerda. He vuelto de vacaciones a New York. La vez pasada cuando vine, todavía estaban esas dos torres colosales símbolo del imperio estadounidense. Hoy ya no están, pero están construyendo otras sospechosamente similares.
Este viaje es particular, ya que es el primero que hago con Connie, mi hija de ahora de 11 meses de nacido. Toda una experiencia el hecho de viajar con un bebe. Antes en el blog había pedido consejos sobre a dónde ir y medio que al final con la Negra hicimos lo que realmente teníamos ganas de hacer. Conocer una ciudad de lleno, caminarla, pasearla y tomar cientos de fotografías.
El viaje en avión consistió en dos etapas de 6 horas cada una. Fuimos desde Buenos Aires a Bogotá y luego de Bogotá a New York. El primer viaje fue realmente bueno, nos dieron asientos muy cómodos para Connie y se nos pasó rápido. El segundo fue un poco más tortuoso al principio, pero luego nos acomodamos y no nos amargamos ya que arrancábamos las vacaciones.
Cosas que uno debería saber si va a viajar con un bebé en avión. Llévese alimento para su hijo, ya que en el avión corre riesgo que le den maní o cualquier otro snack incomible por un bebé. Darle una mamadera cuando uno termina de abordar es buen negocio, el bebé no sufre en despegue del avión ya que seguramente esté dormido. Cámbiele los pañales antes de subir al avión y una vez que está volando, ármese de paciencia para tenerlo en sus faldas si no es que le pagó un asiento.
Nosotros por otro lado, viajamos con mi hermana que fue una gloria en el momento de ayudarnos cuando ni la Negra ni yo dábamos abasto con el cuidado de la beba.
En conclusión, Connie se portó muy bien en el viaje, no se fastidió y nos dejó descansar también. Es importante que mientras esté despierta, esté entretenida, sino ahí si se puede llegar a complicar.
De Sultan Ahmed a la Grand Centraal
Mar 15th
Así como mencioné los motivos por los cuales no soy demasiado amante de la playa, quería comentar en este post el porqué si soy amante de los recorridos por ciudades. No es el único tipo de recorrido del cual soy amante, pero bien se contrapone con lo que es el prototipo playero.
Recorrer las ciudades por mi cuenta me dan una adrenalina increíble, sobre todo si la ciudad no habla el mismo idioma que yo (español, natural e inglés me defiendo). Por ejemplo cuando llegué a Amsterdam por primera vez. Bajé en el aeropuerto, me fui en un tren hasta la Grand Centraal y de ahí, a modo casi intuitivo tomé un Tram que me llevaba cerca del hostel al cual iba y que finalmente llegué. Recuerdo tener un mapa en mi mano y no poder retener los nombres de las calles y tratar de ir comparándolos con los que leía en los carteles y no eran ni parecidos. Más de uno que lee puede pensar que básicamente me gusta perderme, pero no es así, el ir prestando atención hasta llegar a un destino es genial.
Lo mismo me pasó en Estambul, ya con mi mujer, una pequeña van nos llevó y nos dijeron que nos teníamos que bajar cerca de la estación de Metro de SultanAhmed, de ahí tomar el Metro y luego “caminar”. Costó mucho llegar, pero el hecho de decir, pude llegar sin necesidad de un taxi me dio buena adrenalina.
Fuera de esos dos casos concretos en donde tenía que ir a lugares específicos, me gusta salir a recorrer la calle, ver qué es lo que pasa y por supuesto encontrarme con los iconos de las ciudades. Un gran ejemplo es Roma, en donde por ejemplo, para llegar a La Fontana di Trevi, tiene que recorrer pasillos en donde sólo puede escuchar el agua, pero no puede ver a la fuente hasta que finalmente la tiene en frente. Esto sucede porque los romanos en su momento jugaban con las perspectivas y en cierto punto con el suspenso de llegar a la Fontana. La sensación de ir caminando y que se vaya escuchando el ruido del agua cada vez más fuerte y no poder hacer contacto visual, es buenísimo, sólo los romanos pueden hacer estas cosas.
En otros aspectos hay edificios o construcciones que son tan imponentes por sí solos que ya hacen que el viaje valga la pena. La Torre Eiffel es algo así, he ido a Paris tres veces y cada vez que voy me quedo horas mirando la Torre sin motivo alguno, simplemente mirándola, y mirándola, y mirándola … y sin tener en cuenta a la noche que hay juego de luces sobre ella.
Ni mencionar el Big Ben en Londres que lo he visto cientos de veces y no obstante tiene una belleza que me incauta, lo he mirado desde todos los ángulos posibles y así y todo me sigo sacando fotos con él. Espero ansiosamente las campanadas cuando la hora es en punto y me sorprende que sea un edificio de más de 200 años y luzca como si hubiera sido terminado ayer.
Simplemente la atracción que siento a este tipo de cosas es muchísimo más fuerte a la de no hacer nada en una playa.
Los lugareños y su magia
Mar 14th
¿Que sería de los viajes que hace uno si siempre contara con la ayuda de los lugareños? Según mi criterio, serían aún mejores. Los lugareños tienen la chance de llevarnos a sitios que no tienen ningún tipo de promoción o no son recomendados en Internet y ser simplemente geniales.
Siempre hay que hacerle caso al lugareño, y si el lugareño por ejemplo, deja de conducir por cierta carretera, es porque hay que dejar de conducir por ahí. Recuerdo un viaje en Mendoza, Argentina, que estaba yendo desde la casa de Villavicencio (lugar donde embotellan agua mineral en el medio de la montaña) hacia lo que era Penitentes (centro de ski) y había algunos carteles de advertencia de derrumbes parciales, evadiendo las piedras del camino, seguí conduciendo, hasta que vi que una pequeña van con turistas a la cual venía siguiendo, da la vuelta, retoma y vuelve. Si el lugareño vio que por ahí no se podía seguir, es porque no se podía seguir.
El lugareño siempre te lleva a lugares sensacionales. Recuerdo mi primera vez en Köln, Alemania, en donde tenía un amigo ahí y me comentó que me iba a llevar a “un lugar”. Nos bajamos del tren y nos pusimos a caminar por una calle oscura, en donde no había un alma y, de pronto, abre una puerta y era un montón de gente bailando y haciendo headbanging al compás de Nine Inch Nails. Obviamente, este tipo de sorpresas dependen de los gustos de cada uno, está claro que esto formaba parte de mis gustos. Luego, con el tiempo el lugar se convirtió en una especie de Rave heavy metal, en donde se hacía un círculo y la gente con la música muy fuerte movía sus largas cabelleras. Muy loco, genial y desde ya que no lo hubiera conocido sin un lugareño.
Y el lugareño, desde ya es quien te lleva a comer y beber a los mejores lugares. Recuerdo el caso estando en Oxford, Inglaterra, de haber ido con unos ingleses y uno en particular, había vivido en Oxford con lo cual la jugaba de lugareño. Él mencionaba que había un pub que estaba semi oculto, y la realidad ¡fue así!. Estábamos cerca de la biblioteca de la ciudad cuando vemos que este amigo, se mete por un pasadizo que no decía nada. Bueno, al final de ese pasadizo con algunos vericuetos, nos encontramos con un pub muy antiguo, estamos hablando de más de 100 años, cielo raso bajo y con un jardín para cerveza. Desde ya, ni con mi mejor buena voluntad hubiera llegado solo a ese Pub.
Un lugareño en Ilha Grande nos recomendó un lugar para comer que era una casa de familia, que básicamente había que tocar timbre, te abrían la puerta y en el patio de la casa comías. De más está decir que era una delicia lo que se comía ahí.
Hablar con gente del lugar es fundamental para organizarse, para ver a donde ir y para descartar lugares. Mezclarse con los demás, escuchar y tomar nota es garantía de una mejor toma de decisiones, obviamente, siempre está el riesgo de hacer algo que a otro le gusta y a uno no, pero la verdad, es que la probabilidad es baja.