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De Sultan Ahmed a la Grand Centraal
Mar 15th
Así como mencioné los motivos por los cuales no soy demasiado amante de la playa, quería comentar en este post el porqué si soy amante de los recorridos por ciudades. No es el único tipo de recorrido del cual soy amante, pero bien se contrapone con lo que es el prototipo playero.
Recorrer las ciudades por mi cuenta me dan una adrenalina increíble, sobre todo si la ciudad no habla el mismo idioma que yo (español, natural e inglés me defiendo). Por ejemplo cuando llegué a Amsterdam por primera vez. Bajé en el aeropuerto, me fui en un tren hasta la Grand Centraal y de ahí, a modo casi intuitivo tomé un Tram que me llevaba cerca del hostel al cual iba y que finalmente llegué. Recuerdo tener un mapa en mi mano y no poder retener los nombres de las calles y tratar de ir comparándolos con los que leía en los carteles y no eran ni parecidos. Más de uno que lee puede pensar que básicamente me gusta perderme, pero no es así, el ir prestando atención hasta llegar a un destino es genial.
Lo mismo me pasó en Estambul, ya con mi mujer, una pequeña van nos llevó y nos dijeron que nos teníamos que bajar cerca de la estación de Metro de SultanAhmed, de ahí tomar el Metro y luego “caminar”. Costó mucho llegar, pero el hecho de decir, pude llegar sin necesidad de un taxi me dio buena adrenalina.
Fuera de esos dos casos concretos en donde tenía que ir a lugares específicos, me gusta salir a recorrer la calle, ver qué es lo que pasa y por supuesto encontrarme con los iconos de las ciudades. Un gran ejemplo es Roma, en donde por ejemplo, para llegar a La Fontana di Trevi, tiene que recorrer pasillos en donde sólo puede escuchar el agua, pero no puede ver a la fuente hasta que finalmente la tiene en frente. Esto sucede porque los romanos en su momento jugaban con las perspectivas y en cierto punto con el suspenso de llegar a la Fontana. La sensación de ir caminando y que se vaya escuchando el ruido del agua cada vez más fuerte y no poder hacer contacto visual, es buenísimo, sólo los romanos pueden hacer estas cosas.
En otros aspectos hay edificios o construcciones que son tan imponentes por sí solos que ya hacen que el viaje valga la pena. La Torre Eiffel es algo así, he ido a Paris tres veces y cada vez que voy me quedo horas mirando la Torre sin motivo alguno, simplemente mirándola, y mirándola, y mirándola … y sin tener en cuenta a la noche que hay juego de luces sobre ella.
Ni mencionar el Big Ben en Londres que lo he visto cientos de veces y no obstante tiene una belleza que me incauta, lo he mirado desde todos los ángulos posibles y así y todo me sigo sacando fotos con él. Espero ansiosamente las campanadas cuando la hora es en punto y me sorprende que sea un edificio de más de 200 años y luzca como si hubiera sido terminado ayer.
Simplemente la atracción que siento a este tipo de cosas es muchísimo más fuerte a la de no hacer nada en una playa.
Expreso de Media Noche
May 8th
Caía de maduro que iba a usar el nombre de esta película para hablar sobre Estambul, ya que la película transcurre ahí. Llegamos al hotel como conté en el post anterior y como no teníamos la habitación lista, decidimos ir a pasear un poco. El hotel estaba bastante bien ubicado y a sólo unos minutos caminando íbamos a tener a disposición las mezquitas, que iban a ser las protagonistas de esta ciudad. A poco de caminar, nos topamos con la Mezquita Azul, que sinceramente no sé porqué le dicen Azul ya que de azul no tiene nada. Las Mezquitas son dramáticamente distintas a las iglesias católicas, uno está acostumbrado en una iglesia que haya miles de pinturas, esculturas, imágenes, lamparitas y cosas colgando en forma de veneración de Dios. En la mezquita no hay nada. Solamente alfombra para que vos te puedas arrodillar y adorar a Alá. Para entrar a la Mezquita, pasamos por un patio interno que tiene (otra gran diferencia) y al llegar a la entrada te piden que te saques los zapatos, a algunas mujeres le sugerían usar pollera larga y un manto cubriendo su cabeza. La Negra zafó, pudo entrar de civil sin problemas. La mezquita por dentro, tiene mucho lugar, no está cargada de cosas y uno es como que puede contemplar un poco más su religión. Es mucho menos agresiva que una iglesia a nivel imágenes. La Negra me contaba que a diferencia del catolicismo, el Islam se maneja por las lecturas, que es desde ya del Corán, pero que no veneran imágenes ni nada, solamente creen en la palabra. Eso explica abiertamente el porqué la diferencia en el contenido.
Dentro también se podían apreciar las cúpulas que tiene, que son muchas, en principio contamos 17. El lugar es recontra simétrico por donde lo mires y tiene muy buena iluminación. Nos quedamos bastante fascinados con la mezquita y nos retiramos de ella. Acto seguido fuimos a Santa Sofía, que está en frente (es como la cancha de racing e independiente).
Según me contaba la Negra, Estambul antes de ser Estambul, había sido bautizada por Constantino, dándole el nombre poco egocéntrico de Constantinopla. Constantinopla iba a ser la nueva sede del Catolicismo. Recordemos que Constantino es el inventor del catolicismo. Ergo, Santa Sofía inicialmente era una iglesia católica. No tiene las dimensiones que tiene el Vaticano, pero sí puedo afirmar que es enorme y altísima. A diferencia con la Mezquita Azul, uno entra y puede ver imágenes que quedaron de la época en que era una iglesia católica. Algunas otras fueron tapadas con leyendas del Islam y muy probablemente las estatuas o cosas así las hayan tirado a la mierda.
Es realmente un flash ver una iglesia transformada de religión y mas que nada teniendo todo el dato que me tiraba la Negra. También me contaba que con la cúpula tuvieron bardo, cuando la hicieron, se les cayó y fue un claro ejemplo de prueba y error. Las paredes tienen un grosor de casi un metro para poder soportar el peso que hace la cúpula contra las paredes. De esa forma, la pueden contener y evitar que se venga al bombo todo. Santa Sofía data del años 500 aproximadamente, así que tiene sus cuantos años y se mantiene en pie.
Para finalizar el día, nos fuimos al Palacio Topkapi, que es en Estambul a lo que en Francia eran los chateaus. Ahí paraban los sultanes y ahora lo convirtieron en un museo el cual se puede recorrer y es bastante interesante.
Es imposible no comparar de nuevo con los chateaus. Los chateaus tienen una ornamentación casi obscena, en cambio, los sultanes se ve que tenían fetiches con otras cosas y no con boludeces colgadas de la pared. Una de las primeras salas que se pueden visitar, son las cocinas, en donde también hay una gran colección de porcelana, son casi 10.000 elementos de porcelana que los sultanes usaban a diario con toda su comitiva, que según informan ahí, los que vivían en el palacio, llegaban a ser 5000 personas, más 1000 de servidumbre. Entre las porcelanas que se veían, había varios objetos de la dinastía Ming, o sea, platos y jarros que valen un huevo. Los sultanes eran bastante fanáticos de la porcelana, entonces muchas cosas las mandaban a hacer y otras directamente se las regalaban.
Luego de las cocinas, podemos encontrar la sala de los regalos o de las joyas. Los tipos realmente adoraban el oro y las piedras. Hay expuestas muchas medallas que están altamente sobrecargadas de piedras con rubíes, diamantes, esmeraldas y toda piedra preciosa. Todo era oro con muchas incrustaciones de piedras, pero a un nivel ya grosero. En una de las vitrinas, hay un diamante del tamaño de un huevo duro y cuenta toda su historia, que alguien se los había encontrado en la basura y que después cuando les cayó la ficha que era un diamante, se lo empezaron a disputar, finalmente un sultán lo compró.
Hay más salas que están dedicadas directamente a los sultanes, en donde se puede ver toda la cronología de ellos y muchos retratos. Algunos tenían una cara de turco que se caía a pedazos. Otras salas también mostraban todas las alfombras que los sultanes usaban. El piso para estas personas es súper importante, ya que es en donde adoran a Alá, por lo tanto la alfombra que es desde donde vos lo adorás toma un papel completamente preponderante dentro de lo que son los turcos y el mismo Islam. Como dijo la Negra, los tipos viven el piso de una forma que ningún católico puede entender.
La vista que hay desde el Palacio es maravillosa, ningunos giles estos pibes para elegir el lugar en donde levantar el palacio. Hay muchos lugares en donde los tipos se podían refrescar, lugares llenos de canillas y tinas en donde uno podía acceder al agua. El agua es algo tremendamente fundamental para los turcos, de hecho, nos pareció que hacen un uso a veces bastante holgado de ella.
Había un harem para visitar, pero estaba cerrado, estos tipos debían estar en fiesta todo el tiempo y lo mejor es que lo justifican por la religión.
La verdad que después de Kusadasi y el primer día en Estambul, los turcos merecen mucho más mi respeto del que quizá tenía inicialmente.
No voy en tren, voy en avión
May 8th
Finalizada nuestra estadía en Kusadasi, íbamos a hacer noche en el bondi para trasladarnos a Estambul, ante un frustrado intento del turco del hotel que nos quería hacer pasar otra noche más ahí y vendernos pasajes en avión para no perder el tiempo, nos acatamos al bondi por cuestión de costos. Un shuttle nos pasó a buscar por el hotel y nos llevó hasta la Terminal de bondis de Kusadasi, el viaje fue corto, pero fue suficiente para meterse por mil callecitas súper angostas y que metían miedito a veces.
Empezó la odisea del bondi, nunca creí que viajar en bondi incluía tantas aventuras como la de este viaje. Había un muñeco al lado del micro disfrazado de muñeco de torta. Muy peculiar su indumentaria, sobre todo para andar en bondi. Intento hablar con el pibe, preguntándole si efectivamente ese era el bondi hacia Estambul, pero comunicarse era bastante complicado, los pibes no entendían un fútbol de inglés.
Cuando intento despachar la valija, el muñeco de torta (de ahora más el tortero) me dice algo así como “Jala Jala” y no entiendo mucho, veo que me lo repite aún más fuerte como si mi problema fuera auditivo, pero sigo sin entender. Acto seguido le dice “Jala Jala” a otro muñeco de la línea de ómnibus y el otro cacha mi valija y la pone del otro lado del bondi.
La Negra andaba con lija, así que había ido a comprar un par de sánguches de cerdo para ir picando. Nos sentamos y nos disponemos a comer y viene el tortero de nuevo y nos dice “Jala Jala”. Obviamente no le entendemos ni medio y el flaco, en un acto de histrionismo sublime hace la siguiente dramatización: Se tapa la nariz y hace gesto como si alguien se hubiera cagado muy mal, al mismo tiempo diciendo “ughhhhh fuchiiiiiii uhg”. Lo entendimos, morfar en el bondi no se puede porque deja olor. Como todavía faltaban unos minutos para salir, nos atoramos con el sanguche abajo, aunque inmediatamente vemos nos tenemos que volver a subir, el micro finalmente partía.
Hicimos 200 metros y la Negra dice, voy al baño, se manda al biorsi, y cuando la Negra esta en el baño, se me acerca el tortero y me dice “Jala Jala”. De nuevo no entendí lo que me quería decir, el tortero llama al otro muñeco, al de la valija, quien le explica la situación y me repite “Jala Jala”. Finalmente entendieron que yo no sabía hablar turco, entonces el tortero entró a atorar a todos los pasajeros hasta encontrar uno que hablaba turco – inglés para poder comunicarse conmigo. Un pibe, macanudo, nos explica que al baño solamente se puede ir cuando el bondi para. Acto seguido, y sin costarnos mucho reflexionamos, ¿para qué mierda está el baño si uno tiene que ir cuando al fercho se le canta y no cuando al aparato digestivo/urinario lo pide? Al toque para el bondi. Me tiré de cabeza al baño porque yo ya veía que después me tocaban 14 horas de ruta al palo y que me moría ahogado en mi propio pis. Cuando bajo raudamente, el tortero literalmente me tacklea y me dice “Jala Jala” y yo le explico que solamente voy al baño. El tortero me larga y finalmente pude ir.
Esta parada fue a los 10 minutos de salir de Kusadasi, luego de esa parada, 10 minutos mas tarde, vuelve a parar y esta vez por 20 minutos. Nos habíamos tomado un bondi lechero fatal, no íbamos a llegar más. Por otro lado, me despreocupé por el baño, porque me di cuenta que cada 10 minutos iba a tener la posibilidad de ir.
Cuando hacemos la parada, nos tomamos un te de manzana mientras hacíamos tiempo, y vemos un joven parburillo que se acerca a la unidad con un cepillo, una manguera y jabón. El flaco se puso a lavar la unidad. Tenían toda la técnica armada, ataron la manguera al cepillo con palo largo y lo frotaban asiduamente contra todo el largo de la unidad. Me llamó bastante la atención que laven el bondi en el medio de un recorrido, pero visto y considerando lo limpios que son los turcos, lo aceptamos.
Terminada la parada, subimos al bondi y el tortero empieza a tirar un monton de líquido a las salidas de aire para mantener el olor rico y que no haya olor a bofe. Se repetía esta situación en reiteradas ocasiones, el flaco tenía como 4 frascos vaporizadores los cuales aplicaba según su criterio. Luego de olorizar la unidad por dentro, el tortero gentilmente ofreció colonia a todos los pasajeros para que puedan olorizarse. La colonia no es lo mejor que tienen, se ponen litros pero es medio chota, ¡lo que importa es la intención!
La Negra ya estaba durmiendo y yo aproveché para escribir más posts y nada mejor que calzarme el iPod para esas cosas. Tal como puse en uno de los post anteriores, nada mejor que Hermética para inspirarme. Estaba cerca del éxtasis escuchando Tu Eres Su Seguridad, cuando viene el tortero y me dice “Jala Jala” nuevamente. Me mira el iPod y se tapa los oídos como si estuviera muy fuerte. Increíble, el tortero este me había retado más veces que mi vieja en toda mi vida. Luego de escribir un rato, el bondi para por millonésima vez en un paraje en el medio de la nada. Vuelven a lavar la unidad. El viaje ya estaba teniendo matices bastante surrealistas, cada minuto era una historia distinta.
Luego de varias horas, llegamos a Estambul. La estación de ómnibus de Estambul es una maraña de calles, dársenas, micros, gente a los gritos con miles de paquetes y negocios que venden de todo. En MyHostelWorld siempre te explican como llegar de varios puntos al hotel pero en este caso la explicación había sido muy pobre. Con la Negra dijimos, bueno, buscamos un puesto de turismo y preguntamos. Patrañas, no hay nada de nada con respecto al turismo en la estación de bondis. Entonces, no quedaba otra que empezar a preguntar. Los turcos que viajan en micro, no suelen ser gente bilingüe y que entienda perfectamente lo que queremos. Finalmente, hablando con otros dos chicos que eran turistas y con otro turco que le ponía mucha onda, había que subirse a otro micro que Dios sabe quien lo ponía y había que ir hasta cierto lugar para luego tomar el metro. Nos subimos al micro más chiquito y no entendíamos nada. No entendíamos a donde iba, por donde iba, en donde terminaba, en donde paraba, nada. Luego de andar unos 5 minutos, aparecen carteles que dicen Sultanahmed, que es la zona por la cual nuestro hotel se hallaba. Así que medianamente respiramos. Misteriosamente, los carteles desaparecieron, con lo que nos empezó a invadir un poco el descontrol. Hablo con otro turco que no hablaba inglés, le señalo la dirección y me dice “Jala Jala” haciéndome indicaciones hacia la puerta. Nos bajamos de cabeza.
Encontramos rápidamente el metro y pagamos las 1.30 YTL que cuesta el boleto (aproximadamente 1 dólar) y nos dispusimos a viajar. Llegamos finalmente a la estación de metro Sultanahmed y ahí otra vez a caminar y a preguntar donde corno estaba el hotel. Luego de 20 minutos de caminatas y preguntas para varios lados, llegamos a destino. La experiencia de haber viajado en micro de larga distancia, (que, ojo, a pesar que el tortero me volvió loco, el servicio es impecable, te ofrecen te, agua, café y boludeces 400 veces durante el trayecto, el m
icro lo tienen limpio como para poder operar ahí adentro y son cómodos) más la llegada al hotel, son cosas que me encanta que me pasen cuando viajo. Hoy celebro no haberme tomado un taxi y que con la Negra nos la hayamos bancado y llegado al hotel por las nuestras.